HOY observo a E. con detenimiento. Imagino que su mirada se vuelca, por vez primera, sobre los objetos y los rostros que la rodean. A pesar de que no pueda, aún, perfilar las figuras en sus retinas, pienso en la metáfora y en Platón y en la circularidad a la que estamos sometidos por el mundo especular en que vivimos. Entiendo que existen muchas analogías entre la vida que se inicia y la que termina, incluso la que se cree vigorosa y candente por la juventud. Todas las etapas pertenecen al mismo ciclo, al tiempo de las sombras, in ictu culi, como en el cuadro de Brueghel en que las tres edades son sola una y todas las estaciones de lo vivido. Aunque estas líneas surgieron de la contemplación de E. sobre los objetos y los rostros, pues los mra como si estuviera observando nada y todo, sin entender abiertamente qué reside tras esas figuraciones borrosas que le hablan, recitan o animan. ¿No es esa acaso la vida misma?
TRÓPICO DE LA MANCHA
DIARIO -2012- TOMÁS RODRÍGUEZ REYES
jueves, 31 de mayo de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
LA corrección me silencia. Ocurre como en el arte de cúchares, cuando llega la última suerte parece que nada ha servido hasta entonces. Leo, releo y no veo brillo ni virtud por ningún lado. Hago el intento de abandonarlo todo y de comunicar que ya nada volverá y que todo es vulgaridad. Durante un tiempo, todas las horas, los días, las semanas parecen haber estado destinados a algo que no me correspondía, por mi empecinado que haya sido. Nunca la otredad se encarna tan vivamente.
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E. anuncia una sinfonía en su llanto. La acurruco mientras suena Wagner y ella acerca su cara a la mía. Cada vez que los metales aparecen en la partitura la impulso cadenciosamente y ella deja que mis manos la hagan bailar, con disimulo, en el aire, para que su cuerpo de luz invada el espacio de la mañana.
lunes, 28 de mayo de 2012
LOS momentos de mayor impotencia y desacierto. Reviso textos y los releo tratando de encontrar en ellos lo que esconden. Relumbrarlos con lo que no conseguí. Tarea imposible. Insuficiencia. Dudas profundas con la existencia. Por supuesto, deseo de haber silenciado y de no haber escrito jamás. Desasosiego renovado. Desafino en la noche con la música insomne del aulós.
domingo, 27 de mayo de 2012
LA realidad que nombra la poesía no puede ser eventual, aleatoria o pasajera. Hölderlin afirma que la poesía no se limita a nombrar los objetos cotidianos con el fin de convertirlos en algo más de lo que nunca serán, la poesía nombra al mundo mismo.
Ya escribí, hace unos días, unas líneas en las que intentaba encontrar una razón para comprender que la realidad, en sí misma, no es nada, y que toda la carga conceptual reside en la palabras con las que se nombra. Así, puede escribirse un poema épico sobre el fútbol, pero jamás el fútbol contendrá lo épico en sí mismo ni lo transmitirá al resto de lectores. Puede escribirse un poema elegíaco sobre lavadoras y detergentes, pero jamás los detergentes ni las lavadoras serán trascendentales ni necesarios para encontrar lo ancestral, si es que alguna vez lo advertimos; antes al contrario, pasados los años, lo que fue un deslumbramiento para muchos, será una risotada para tantos otros. ¿Qué nos resultan, ahora, los poemas a los trenes, a las máquinas de escribir, a los primeros inventos? Meros juegos retóricos en los que el poeta deja ver su destreza, nada más.
La propia tradición milenaria es el mejor ejemplo para cerciorarnos de la permanencia de los objetos nombrados y es que creo, con convicción y con los griegos, que en lo nombrado, en el objeto, reside parte de lo que se nombra. Con estos presupuestos, considero que el poeta debe realizar, antes que nada, una selección y un filtro de los temas que pretende acordar y armonizar en su voz, pues en ello, se va buena parte de la suerte última de lo poético. Lo poético posee parte de la materia que desconocemos y que permanecerá velada a los ojos para siempre. La poesía, como un misterio, debe referirse a realidades intuidas, de la que albergamos la consciencia iniciática de su infinitud. Como Leopardi, debemos asombrarnos de nuestra incapacidad para entender lo infinito y tenemos que reaccionar con acciones y palabras en la poético. las acciones y las palabras son la soledad y el silencio. Hoy, siglos después, los poemas que siguen persistiendo con su influencia son aquellos que anidan en los temas de lo humano, no en lo cotidiano que cada etapa el hombre ha vivido.
Por tanto, si hay un verbo que testimonia la ejecución de la poesía es "fundar". La poesía es fundación de lo nuevo y permanente. Por este motivo se produce lo que Pound llamaba el voltaje, que no es más que la asistencia al nacimiento de una nueva realidad que acaba de ser nombrada para siempre. Para los griegos aletheía. Ese fenómeno del espíritu provoca una perplejidad en el poeta y en el lector avisado; provoca una comunión en lo que son; es la manera de comunicar a la especie lo que somos, no con un producto frugal, sino con un fruto perenne. No es casual que, en su étimo, "fundar" contenga reminiscencias semánticas del mundo agrícolas relacionadas con la tierra, con el lugar en que uno se asienta. Así la poesía crea el fundamento de lo poético en cada voz que se atreve condescendiente a nombrar lo hondo (derivado de fundus) para siempre. Son versos prístinos para los que lo leen y los escriben, no meros sucedáneos de realidades efímeras e innecesarias para encontrar la consolación de la vida en la palabra.
sábado, 26 de mayo de 2012
CITATI nos advierte de una cuestión fundamental para comprender los poemas de Leopardi. La tesis del estudioso italiano puede uno advertirla a poco que lea Zibaldone, pues la reflexión sobre el infinito y la capacidad de aprehender del hombre ese infinito es un continuo en las páginas del libro de marras. Leopardi escribió en Zibaldone: "La mente humana no puede aprehender el infinito". Ante esta propuesta del escritor italiano, Citati admite que "el intento de Leopardi era un envite desesperado, el ensayo de pensar algo que en rigor es impensable". Recuerda con emoción un pensamiento de Pascal: "le silence éternel de ces espaces infinis m´effraye". Y con ese silencio y ese espanto leo a Baudelaire y a Leopardi.
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BELLEZA y espanto es la poesía de Baudelaire. He encontrado en Les phares el sustento necesario para articular una sección del libro de poemas en que trabajo. Sucedió como en un paseo en que, de pronto, uno intuye que, aunque haya paseado tantas veces por un mismo lugar, esa tarde existe una inclinación de la luz prodigiosa, que emite un símbolo único, que penetra por de dentro y reafirma.
Después de anotar lo necesario del poema y de leerlo con detenimiento, me dispongo a releer el poema titulado "Élévation". El comienzo del mismo comparte la cosmovisión con los versos de Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez; escribe el poeta francés: "por encima de estanques, por encima de valles [...]. De principio, la materia poética escapa a los parámetros sensitivos y se incardina en otra realidad apenas intuida, pero deseada y necesaria para poder completar el entendimiento de lo más cercano.
Es lo que le sucede a Leopardi en "El Infinito". Situado en un cerro identificable, cerca de unos árboles, en un cerro perfectamente visible, comienza un naufragio gozoso con el pensamiento. Estamos ante una indagación vertical, en soledad, ante una exploración de las profundidades del alma.
Baudelaire dirá "surcar alegremente la inmensidad profunda"; Leopardi "naufraga" y ello le es dulce. Estamos ante la duda gozosa, ante la turbación dulcificada que se sabe impotente.
Sin duda, la lectura ofrece una serie de paralelismos que sorprende a poco que uno estudia y relee con parsimonia. ¿Qué ocurre al final de poema de Baudelaire si no una conclusión muy cercana a la que ofrece Leopardi? El poeta francés desea entender sin esfuerzo "la lengua de la flores y de las cosas mudas"; justo lo que Leopardi percibe en el ramaje que susurra al contacto con el viento: "sobrehumanos silencios, hondísimas quietudes".
viernes, 25 de mayo de 2012
ME resisto, pues creo que todo es un movimiento perpetuo, que todo es transmutación de la materia en esencia y de la esencia en materia. Realidad y esencia, ¿no son el haz y el envés de un mismo fenómeno? Rafael Sanzio nos dejó una lección en la pintura titulada La scuola di Atene: hay está todo cifrado; en ella estamos figurados, en los dos personajes que sostienen el Timeo y Ética a Nicómaco. Es la necesaria complementación entre Física y Metafísica lo que tratamos. No hay una realidad primera y luego otra, en una coordenada espacio-temporal, sino una vivificación de la esencia al unísono, concertada: el poético conocimiento inteligible.
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HOY nos visitan M.J. e I. Nuestros amigos confirman en sus rostros nuestro embelesamiento. Junto a ellos hemos crecido sentimentalmente y con E. parece que los cuatro hemos alcanzado otra faceta de una palabra inmensa y necesaria: amistad.
Hablo con I. de literatura. Él es escritor; ha escrito ya, si no me ha guardado ningún dato, seis novelas, todas inéditas. En estos meses se encuentra en plena redacción de la última creación, de la que no me adelanta nada, por supuesto. Dialogamos sobre la falsedad de los literatos y me comenta que todo le parece una pantomima en la que los escritores son títeres y personajes de la comedia del arte. Lo admiro en muchos aspectos, sobre todo en su empecinado sentido recto del compromiso literario: escribe sin más ni más, pues I. no pertenece a grupúsculo alguno que elogie lo que hace a poco que lo muestre. Su obra es convicción propia, nada más y nada menos. Con I. puedo dialogar sobre literatura con placidez. Me comenta sus lecturas, habla de Nietzsche apasionadamente y me alecciona sobre fotografía y Shopenhauer. A veces, dialogar es una fecundidad inmensa y perpetua.
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OS imagino juntos en el centro indudable.
jueves, 24 de mayo de 2012
A usted, señor, me dirijo para mostrarme vuelto hacia la luz y para convocar las paradojas de la carne y de las fuentes. Vengo a morir al borde de la eternidad y me dirijo a quien entiende el cifrado candor de lo invisible, de lo más palpable en lo interno; a quien muestra su espíritu abierto y luminoso, a los que son rayo de canción, belleza envuelta en espanto, locura de azul y sendero en Trieste. A todos, a ti, señor, que escondes los senderos de la ebriedad y emboscas lo que somos en apariencias y especulaciones. Ya sé que habito en el jardín de Orfeo y percibo mi muerte a diario en el tumulto de mi carne; ya sé que contengo una imagen triste e inmisericorde, pero nada de los demás me pertenece excepto su canción, si la canción es la que se torna desde la antigüedad en transformación y permanencia.
Mas no por ello renuncio a la búsqueda y a la espera: la contemplación de armonía. Si el hombre callara por siempre el sonido de su cuerpo y se escuchara solo a sí mismo, a su bóveda interna, cosmos y cúpula de astros, los llamados poetas morirían de espanto ante su falsedad.
Yo quiero contemplar para ver; quiero las dimensiones de la tierra en mi lengua y los minerales y las encinas brotando de mis brazos. Quiero ser en todo y estar en todo: ser elemental por un instante, como un río de oro caudaloso, como un volcán perenne en erupción. Para mí el verso de Dante: " [...] io che pur da ma natura/ trasmutabile son per tutte guise!, y transmutado en todo ser naturaleza expandida para destilar en mi palabra un testimonio más allá de mis días y mis penurias, porque como afirmó Hölderlin, "lo que permanece, lo fundan los poetas". Con el tiempo, el poeta va tomando consciencia de las dimensiones de la noche en la que vive. Así, las luces que se precipitan sobre el firmamento (el único símbolo de luz en lo alto), hacia las cosas, lo donan los poetas verdaderos; por ese motivo son tan evidentes las señales de la existencia de lo poético.
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